martes, 14 de marzo de 2017

Cuando parecer sin ser de Lima, aún sigue siendo peligroso, más aún si se es mujer


“Deja que los perros ladren Sancho amigo,
es señal que vamos avanzando”



Es inaudito, quizá exagero en utilizar algunos términos para definir lo que hasta ahora puedo percibir del comportamiento de mis conciudadanos andahuaylinos. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido y se ha convertido en un Macondo esta pradera de los celajes, donde no hay salida, claro, pero sólo porque así lo quieren.

Digo que pareciera que se detuvo el tiempo, me refiero al tiempo de la década de los 80, cuando un limeño viajaba a algunas zonas llamadas de emergencia o de convulsión por el enfrentamiento de la guerra interna, y más aún, si este limeño era estudiante. Era fijo, o por lo menos así catalogaban los de la PIP, Guardia Republicana, ejercito o servicio de inteligencia o la prensa simplemente a muchos jóvenes que viajaban por temas académicos o trabajo a alguna de estas zonas.

Esto, de alguna forma era justificable por el momento que se vivía, ya que, en Lima, la capital, surgía en su mayoría cuadros políticos. Y esto era peligroso para la parte del Estado porque eran los más cercanos, según el análisis del estado, de ser parte de los grupos alzados en armas. Por ello, vieron como peligro que estudiantes universitarios pudieran estar en algunas universidades o zonas del interior del país. A la mente se me viene algunos casos de estudiantes que viajaron a Ayacucho con fines académicos, de la misma Alma Mater que me formó, y que fueron intervenidos por el ejército, por ser de Lima y eso era suficiente motivo para ser sospechoso de terrorismo y ser parte de Sendero Luminoso (SL). En fin, se demostró su no filiación a ningún órgano político.

Efectivamente, lo que se vivió en cada región unas más golpeadas que otras por la guerra interna, como es el caso de Huancavelica, Apurímac o Ayacucho, ha calado mucho en la ciudadanía, porque se vivió de temor a las fuerzas del ejército y a la de SL. Los dos grupos veían en el pueblo sospecha de ser parte de uno u otro grupo, de pasar dato al ejército o de ser miliciano. Por ello, la población vivió con mucho temor y debió cuidarse de las personas de su alrededor y más aún de los viajeros.

Algo que llama la atención es, que ¿esos cuidados aun deberían persistir, luego de 37 años de iniciada la guerra interna y derrotada los grupos alzados en armas? Hago este cuestionamiento porque es lo que he podido ver en esta provincia de Andahuaylas. El hecho de haber leído unos cuantos libros, el hecho de haber estudiado en una universidad de Lima, el hecho de hablar de política con soltura y conocimiento, el hecho de tener algo de personalidad (porque es parte de ser un profesional), el hecho de haber adquirido algunos comportamientos propios de la capital (y no se espera menos luego de haber vivido 30 años en Lima), a todo esto, debo agregar el hecho de ser mujer (es raro que una mujer sepa un poquito más).

He tratado de analizar estos últimos meses este pecado que me condena y me quedo con estas conclusiones:

1.- Sí, la guerra interna hizo mucho daño al pueblo, aún hay una suerte de delirio de persecución, sobretodo en personas muy mayores que han tenido que vivir situaciones críticas de mucho cuidado por la integridad personal y han aprendido a sospechar de todo.

2.- Hasta ahora no podemos combatir el centralismo limeño, si pues, lamentablemente ahí se define los destinos del país, ahí es donde hay “mayor nivel académico” (a pesar de no estar en el Rankin de las mejores universidades de América Latina) pero las universidades de Lima están mucho mejor que las de esta región por lo menos es lo que he comprobado. Y estas herramientas nos dan mayores luces para tener mayor sentido crítico. Además, debemos agregar que se politiza mucho más en las universidades (no tanto como en la década de los 70 u 80, pero hay mayor nivel político).

3.- Finalmente, el ser mujer de por si tiene muchas limitaciones y cada día debemos lidiar para seguir avanzando y empoderarnos en los diferentes estamentos del gobierno. Porque hasta ahora se ha visto un señalamiento de raro que la mujer sepa un poco más y esto es suficiente motivo para utilizar adjetivos que descalifican a una persona, como por ejemplo, es una roja por la forma como habla, o, debe ser de inteligencia que quiere averiguar cosas, o, deber ser terruca, o lo último fue, que mejor no la incluimos porque puede desplazarnos, porque es hábil como toda limeña, y seguro que habrán más adjetivos que usaran pero seguiremos como El Quijote.

Mientras sigamos perdidos en Macondo y no busquemos superarnos más, seguiremos inmersos en la miseria humana y relegados como región, y poco o nada haremos en la construcción de un Perú distinto con mayores oportunidades para todos.

                                 Rocío Leguía Reynaga
                                      Historiadora
                     Universidad Nacional Federico Villarreal