“Deja que los perros ladren Sancho amigo,
es señal que vamos avanzando”
Es
inaudito, quizá exagero en utilizar algunos términos para definir lo que hasta
ahora puedo percibir del comportamiento de mis conciudadanos andahuaylinos.
Pareciera que el tiempo se hubiera detenido y se ha convertido en un Macondo
esta pradera de los celajes, donde no hay salida, claro, pero sólo porque así
lo quieren.
Digo
que pareciera que se detuvo el tiempo, me refiero al tiempo de la década de los
80, cuando un limeño viajaba a algunas zonas llamadas de emergencia o de convulsión
por el enfrentamiento de la guerra interna, y más aún, si este limeño era
estudiante. Era fijo, o por lo menos así catalogaban los de la PIP, Guardia
Republicana, ejercito o servicio de inteligencia o la prensa simplemente a
muchos jóvenes que viajaban por temas académicos o trabajo a alguna de estas
zonas.
Esto,
de alguna forma era justificable por el momento que se vivía, ya que, en Lima,
la capital, surgía en su mayoría cuadros políticos. Y esto era peligroso para
la parte del Estado porque eran los más cercanos, según el análisis del estado,
de ser parte de los grupos alzados en armas. Por ello, vieron como peligro que
estudiantes universitarios pudieran estar en algunas universidades o zonas del
interior del país. A la mente se me viene algunos casos de estudiantes que
viajaron a Ayacucho con fines académicos, de la misma Alma Mater que me formó,
y que fueron intervenidos por el ejército, por ser de Lima y eso era suficiente
motivo para ser sospechoso de terrorismo y ser parte de Sendero Luminoso (SL).
En fin, se demostró su no filiación a ningún órgano político.
Efectivamente,
lo que se vivió en cada región unas más golpeadas que otras por la guerra
interna, como es el caso de Huancavelica, Apurímac o Ayacucho, ha calado mucho
en la ciudadanía, porque se vivió de temor a las fuerzas del ejército y a la de
SL. Los dos grupos veían en el pueblo sospecha de ser parte de uno u otro
grupo, de pasar dato al ejército o de ser miliciano. Por ello, la población
vivió con mucho temor y debió cuidarse de las personas de su alrededor y más
aún de los viajeros.
Algo
que llama la atención es, que ¿esos cuidados aun deberían persistir, luego de
37 años de iniciada la guerra interna y derrotada los grupos alzados en armas? Hago
este cuestionamiento porque es lo que he podido ver en esta provincia de Andahuaylas.
El hecho de haber leído unos cuantos libros, el hecho de haber estudiado en una
universidad de Lima, el hecho de hablar de política con soltura y conocimiento,
el hecho de tener algo de personalidad (porque es parte de ser un profesional),
el hecho de haber adquirido algunos comportamientos propios de la capital (y no
se espera menos luego de haber vivido 30 años en Lima), a todo esto, debo
agregar el hecho de ser mujer (es raro que una mujer sepa un poquito más).
He tratado
de analizar estos últimos meses este pecado que me condena y me quedo con estas
conclusiones:
1.-
Sí, la guerra interna hizo mucho daño al pueblo, aún hay una suerte de delirio
de persecución, sobretodo en personas muy mayores que han tenido que vivir
situaciones críticas de mucho cuidado por la integridad personal y han
aprendido a sospechar de todo.
2.-
Hasta ahora no podemos combatir el centralismo limeño, si pues, lamentablemente
ahí se define los destinos del país, ahí es donde hay “mayor nivel académico” (a
pesar de no estar en el Rankin de las mejores universidades de América Latina)
pero las universidades de Lima están mucho mejor que las de esta región por lo
menos es lo que he comprobado. Y estas herramientas nos dan mayores luces para
tener mayor sentido crítico. Además, debemos agregar que se politiza mucho más
en las universidades (no tanto como en la década de los 70 u 80, pero hay mayor
nivel político).
3.- Finalmente,
el ser mujer de por si tiene muchas limitaciones y cada día debemos lidiar para
seguir avanzando y empoderarnos en los diferentes estamentos del gobierno. Porque
hasta ahora se ha visto un señalamiento de raro que la mujer sepa un poco más y
esto es suficiente motivo para utilizar adjetivos que descalifican a una
persona, como por ejemplo, es una roja por la forma como habla, o, debe ser de
inteligencia que quiere averiguar cosas, o, deber ser terruca, o lo último fue,
que mejor no la incluimos porque puede desplazarnos, porque es hábil como toda
limeña, y seguro que habrán más adjetivos que usaran pero seguiremos como El
Quijote.
Mientras
sigamos perdidos en Macondo y no busquemos superarnos más, seguiremos inmersos
en la miseria humana y relegados como región, y poco o nada haremos en la construcción
de un Perú distinto con mayores oportunidades para todos.
Rocío
Leguía Reynaga
Historiadora
Universidad
Nacional Federico Villarreal
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